
Adviene el canto místico,
la reflexión oculta de los paraísos y arenales.
Adjunta el bosque en su melodía,
el tintineo expuesto,
la procacidad de los veleros que se van y no regresan.
Esta ciudad nueva
y su puerto evaporado;
los estibadores ruegan a sus dioses por la lluvia
que no llega, que se escapa
y, sin embargo, moja.
La expansión del pueblo,
la ensoñación dorada y la caída en los peldaños.
Sin ribetes de un dominio inexistente,
vuelvo al aire dominada
en cierto y pobre ángulo extendido.
Ya las manos,
brazos,
piernas,
rezos y oraciones.
Ya las velas inflan
el recuerdo de ese viaje en que creí morir
a manos de tormentas,
vuelos
y naufragios.
En la arena quedo expuesta
a la violencia de las bestias.
No me tocan,
no se acercan.
miran desde lejos
cómo yo me pongo en pie
y me encamino hacia la carretera.