
El sonido embauca cada nota
de vacío al aire;
congelamos el amanecer tardío
en uno y otro espacio, destinado
al arte de morir.
No existe melodía...
Aprendemos en el roce, en la dirección
de ascenso, incluso en la caída;
Interpretación de una mirada al bosque
de ancianos en silencio.
Ya los árboles han huido rumbo al norte.
No nos vemos, nos perdemos, no encontramos.
Una y otra vez nos requerimos;
al desierto lo culpamos por la sed y soledad.
En la huida está el encuentro
y el deforme abrazo que separa,
ahuyenta y acobarda.
No es el inicio, es un espejismo.
Rasga mi vestido en la sonrisa,
capa el borde misterioso del martillo
y el temblor sonoro que desciende hasta el final
de nuestro día.
No regreso, ya no voy, tan sólo duermo.
No es el final, es la penumbra.